La Historia Interminable(v.2.2) by Michael Ende

La Historia Interminable(v.2.2) by Michael Ende

Author:Michael Ende
Language: es
Format: mobi
Published: 2011-12-17T20:16:29.233834+00:00


XVI.

Amarganz, La Ciudad De Plata

urpúrea caía la luz, en lentas oleadas, sobre el suelo y las paredes de la estancia. Era una habitación de seis esquinas, parecida a una gran celdilla de abeja. En una pared sí y otra no había puertas, y las tres paredes intermedias estaban cubiertas de extrañas pinturas. Eran paisajes quiméricos y criaturas que parecían medio plantas y medio animales. Por una de las puertas había entrado Bastián y las otras dos quedaba a su derecha y su izquierda. La forma de todas las puertas era idéntica, pero la de la izquierda era negra y la de la derecha blanca.

En la estancia contigua la luz era amarillenta. Las paredes mostraban la misma disposición. Las pinturas representaban toda clase de utensilios que Bastián no lograba identificar. ¿Eran herramientas o armas? Las dos puertas que, a izquierda y derecha, conducían más allá, tenían el mismo color; eran amarillas, pero la de la izquierda era alta y estrecha y la de la derecha, en cambio, baja y ancha. Bastián atravesó la de la izquierda.

La estancia en que penetró era, como las dos anteriores, hexagonal, pero tenía una luz azulada. Las pinturas de las paredes mostraban adornos retorcidos o caracteres de algún alfabeto extraño. Aquí las dos puertas eran de la misma forma pero de distinto material: una de madera y otra metálica. Bastián se decidió por la de madera.

Es imposible describir todas las puertas y estancias que atravesó Bastián vagabundeando por el Templo de las Mil Puertas. Había portones que parecían grandes agujeros de cerradura y otros que semejaban la entrada del infierno; había puertas doradas y oxidadas, acolchadas y claveteadas, delgadas como el papel y gruesas como puertas de caja de caudales. Había una que parecía la boca de un gigante y otra que se abría como un puente levadizo, una que semejaba una gran oreja y otra hecha de pan de especias, una que tenía la forma de una puerta de horno y otra que había que desabrochar. A veces, las dos puertas de salida de una habitación tenían algo en común —forma, material, tamaño o color—, pero había siempre alguna cosa que las diferenciaba esencialmente.

Bastián había pasado ya muchas veces de una estancia hexagonal a otra. Cada decisión que tomaba lo ponía ante una nueva decisión, la cual, a su vez, lo arrastraba a otra nueva. Pero todas aquellas decisiones no cambiaban en nada el hecho de que estaba en el Templo de las Mil Puertas... y seguiría estando en él. Mientras andaba y andaba, comenzó a pensar en cuál podía ser la causa. Su deseo había bastado para llevarlo al laberinto pero, evidentemente, no era suficiente para hacer que encontrara la salida. Bastián había deseado compañía. Pero se daba cuenta de que, al hacerlo, no se imaginaba nada concreto. Y eso no lo ayudaba en nada a decidir entre una puerta de cristal y otra de mimbre. Hasta entonces había elegido simplemente al buen tuntún, sin pensárselo mucho. En realidad, cada vez hubiera podido elegir igualmente la otra puerta.



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